Sara Hebe, la virgen cabeza.

Cuando leí La Virgen Cabeza, de Gabriela Cabezón Cámara, me capturó la irreverencia de una virgen que transmite sus voluntades en “gallego” a una travesti como interlocutora, emplazada en el medio de una villa rodeada de muerte, violencia, droga, y fiesta. Mucha fiesta, grandes comilonas y mucho goce. Una villa al costado de una autopista olvidada para los derechos, recordada para los palos de la policía y las peores desidias. Una virgen que se recuerda por no ser virgen y que al final falla. En esa villa dramatúrgica todo es mucho, y ese mucho se hace por designio divino un estanque de agua y producción de carpas, y fiesta y más fiesta.

No es que Sara sea virgen, ni que esté cerca de la iglesia, porque está en las antípodas de eso. Pero sí es disidencia, goce, fiesta, reivindica los muertos en democracia en cada recital, las mujeres desaparecidas, suben representantes de pueblos originarios para decir que el encuentro de mujeres debe ser plurinacional y que no podemos seguir olvidándonos de ellas, entre otras. Y nosotras somos las villeras de esa fiesta. Porque en su political pari, esta líder de la escena musical trasciende el recital tradicional para proclamar un movimiento del deseo. Un movimiento político desde la música, el baile y la juerga. Y de repente estamos en un acto político, y quien lo conduce nos despabila gritando que todo es político y que el poder es nuestro, no de ellos, que más vale vamos y lo tomamos. 

En su escenario hay diversidad y plurinacionalidades, suele estar su hermana Arie remarcando palabras claves de sus interminables oraciones, Ramiro Jota tirando los beats (aunque en Atenas lo reemplazó un amigo) y un conjunto de seres diversos, travestis, trans, gays, héteros que cumplen la función de estrellar la música en sus cuerpos. Cumbia, reggaetón, hip hop, electrónica, punk. Escenario que se repite en un público variopinto, disidente y emergente. Porque como en esa villa, en los recitales de Sara la normatividad se estalla y somos libres. Ella nos recuerda en sus letras concisas, rápidas y aulladoras la meresunda que nos rodea en el cotidiano y en las almas, en el sexo y en los deseos, en los sueños, las utopías, y en lo corrosivo de la vida. No se escapa casi nada, como una Silvio Rodriguez que se la dio en la pera, que no responde a la heteronormatividad, canta con el mismo poder de denuncia, pero desde la retaguardia, y salimos hechas y hechos potencias.

Nadie se suicida en una comisaría, los cuerpos hablan no flotan río arriba, canta con Sasha Sathya, la cantante transtorta, por si nos resistimos a entender el mensaje agregan: yo abortaría por si se hace policía. También nos dice: en algún lugar de mí esta la libertad y cuando la encuentre la voy a encerrar, tengo un arma simbólica la voy a usar.  Si fuera la virgen cabeza y hablara con dios le pediría un laburo para vos, porque sabe que ante todo el trabajo es inclusión (la libre interpretación que me estoy permitiendo, mamá!). Pero en su religión existe un infierno, te digo donde se puede encontrar, en el vaticano tiene sucursal, para decirle al diablo que se puede negociar y quedar bien con todos con el padre y con satán. Que cuando le rompen el corazón tiene que quemar hasta el congreso de la nación y el perfume, el acolchado y el departamento de al lado.  Y cuando le gusta alguien le daría de martes a marte. Porque no todo es racionalidad en este mundo.

Sara nos exige como público, canta dos veces sus dos primeras canciones, para que las vibremos y nos movamos, y no seamos seres inertes observando la feria, sino que nos convirtamos en los monos y construyamos la fiesta entre todes. Mientras estoy ahí pienso en todo esto que me dan ganas de escribir, y pienso también en todas las imágenes que genera y los mundos posibles que abre. Canta de tan histérica histórika, en un juego que sintetiza la historia de la dominación femenina, la histeria como simbolismo de la misma y la historización como recurso para la liberación. Y nos dice “voy a ser presidenta” junto a ella una bailarina trans dice “voy a ser presidenta”. Y digo, ¿será? ¿Será que en algún momento llegue una trans a ser presidenta? Quizá en unos años las diferencias que generan desigualdades sean construidas sobre otras distinciones, en un optimismo/pesimismo del pensamiento. Pienso también que el sábado anterior tocó en Atenas Divididos, gran banda que representa todo lo que está bien del rock. Pienso que Atenas estaría más lleno de hombres. Pienso que ahora está más lleno de mujeres, que incluso andan en tetas. “Te llenamos el Atenas de monstruas”, grita Sara como si adivinara mi pensamiento o aquello que a veces no me animo a decir. Como cuando estábamos en Sala Opera y les dijo a los muchachos que se corran para atrás que ese pogo era para las pibas. Y era la primera vez que en un recital me hacían un lugar. En Atenas también había muchos chicos y Sara no los discriminó porque al feminismo nos tenemos que sumar todes. Y cerramos cantando por el aborto legal, porque se viene el encuentro y la tierra va a temblar, o por lo menos La Plata.

Foto extraída de el planetaurbano.com

Que no me digan como tengo que amar, y me acuerdo de la historia de amor entre Quity, la joven cronista que se va a vivir a la villa, y Cleopatra, la travesti que habla con la Virgen Cabeza. Mentira la verdad que inventan desde ese lugar, tienen el poder, se lo tenemos que sacar. Y no para tener poder, sino para poder, repartir sin dividir, aunque no sea fácil. Los fines de semana salimos con mi prima, bailamos a la muerte, festejamos estar vivas… Cumbia antifacista, como dice la Sara.

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