Los límites de la sororidad

Obvio que esto empieza con una amiga. Una amiga que me dice que últimamente se estaba haciendo una pregunta ¿qué pasa con la sororidad cuando ella está pensando en avanzar en un “touch and go”, coqueteo con materialidad, con un hombre que está conviviendo con otra mujer con quien tiene un hijo? Digamos que el hecho ya había acontecido. La chicaneé: “la sororidad ya te la metiste en el espíritu santo”, por no escribir otra cosa, si ya los hechos se habían consumado. Sin embargo, esto no responde a la pregunta; o sí, la responde con hechos.

La sororidad ¿implica que seamos beatas frente al hombre de otra mujer? Claro que la pregunta “esconde” cierto sesgo de propiedad y de formas de vínculos a la vieja (?) usanza, que es la que todavía practica nuestro super yo, a veces nuestro deseo y otras nuestras fantasías más celestiales. Como otro amigo emparejado que buscaba amante, o compañera por una noche, y se sorprendía cuando las chicas se negaban a jugar este rol porque “tenés hijo y mujer”.  Lo que dificultaba el logro de sus cometidos, volviendo a su casa con más fantasías que realidades, una infidelidad entorpecida pero concretada espiritualmente.

Pienso que en tal caso la sororidad debería aplicarse en causas menos perdidas, donde la moral no se nos mezcle tanto (o tan poco) con los deseos, porque son como un conjunto de collares difíciles de desenredar y nos llevan al punto ciego de la infidelidad. Porque la sororidad no implica beatificación o altruismo ciego. La infidelidad no es violencia de género, pues si bien se entrelaza con el viejo paradigma de doble moral y hombre con dos vidas, digamos que hoy se democratizó y obedece más a la dificultad de domesticar el deseo, sostener el ideario romántico de amor para toda la vida o de pareja sacrosanta (que no contempla otros tipos de infidelidades) o la confusión entre compromiso, control, contrato, moral, egoísmo. Obvio que como todo hay que ver las intenciones de cada une, como las diferentes tipologías de homicidios. Pero no son mis intenciones las de aclarar aquí este entuerto.

La sororidad se practica y la construimos cotidianamente, a contrapelo de nuestros “instintos” que nos marcan la radiografía de los vínculos patriarcales, como mapa natural que tiende sutilmente a subestimarnos y enemistarnos. Podemos hacer muchas cosas sororas, como por ejemplo, no tratar a otra mujer de histérica, loca, conchuda, mal cogida o todos esos insultos que nos llevan siempre a ese lugar.

Lo que todavía falta es seguir construyendo esos entramados invisibles que nos permitan caminar por la calle sabiendo que no estoy sola; defenderme de un insulto callejero sabiendo que de mi boca salen un montón que pensamos lo mismo; exigirle a un chabón que tenga prácticas cuidadosas sabiendo que somos un montón que estamos exigiendo lo mismo, así no queda tanto lugar para el maltrato y las prácticas machosantas. Confiar en otras mujeres que no conozco sin saber si es la mejor opción, y que si me equivoco es el mal menor. Confiar en nosotras, en nuestros conocimientos, nuestras palabras. Leer a otras mujeres o adscriptes al género, pensar en deportistas, en skaters, aeronautas, físicas, obreras, electricistas y plomeras, cirujanas, sin pensar que un hombre lo hace mejor. Y si lo hace mejor es porque lleva siglos de práctica. Y si lo hacemos no tan bien, paciencia que en algún momento nos tiene que salir.

Pero partiendo de esa base, toco los bordes. Hace poco un compañero de trabajo me llamó para desinvitarme a su civil, un casamiento rápido sin fiesta ni pompa. Su mujer había leído unos mensajes que la habían puesto celosa. Y él prefirió no incomodar a su mujer, e incomodarme a mí. Claro que entre nosotros no hubo ningún tipo ni de coqueteo ni de vínculo amoroso, más que el de el compañerismo y amistad, sino no estaría escribiendo esto. En un primer momento le digo que no había problema. Me pareció correcto que no quiera incomodar a su mujer y me sentí solidaria incluso con aquella mujer que sin conocerme me excluía. Hoy me gano el cielo feminista, pensé. Pasado ese momento que entendí de sororidad, me dio bronca. ¿Es esto la sororidad? Bancar incluso a quien no te está bancando…. Y un poco sí y un poco no. La sororidad no tiene que ser la fraternidad negadora que es cómplice de que tu amigo le toque el culo a la mina que pasa, deje en banda siempre a su novia “porque primer los muchachos” o no la integre en las reuniones, no se mete con la ex novia de un amigo, no se diga nada cuando se mandan giladas por WhatsApp, se ponga en fb comentarios trogloditas, le digan puta a las mujeres, no practique una paternidad activa, haga comentarios que logre incomodar a una moza, etc.. Ni tampoco sostener el machismo en manos de otra mujer. La sororidad suponemos que se quiere alejar del porque sí, de las prácticas necias, el no juzgamiento ciego. Porque no intenta conservar el poder y el statu quo, sino que busca enlazar lo que se encargaron de romper durante tantos años, armar una trama de sentidos que construya una red contrahegemónica, para que se vuelva hegemónica y ahí veremos qué construimos entre todes. Es obrar para desandar eso que tanto se nos dijo: “laburar con minas es para quilombo” y que como profecías autocumplidas creímos e hicimos.

En el trabajo también participé de un espacio donde se tomaba la decisión acerca de si un proyecto iba a ser coordinado por una mujer o un varón. Voté por la mujer cuyo cv mostraba que era idónea. En el proceso decisorio un chabón mando un mail diciendo que: “él –haciéndose referencia al candidato hombre- había tenido una postura más conciliatoria que ella –candidata mujer-”. ¿Más conciliatoria de qué? Poco lo escuché hablar en las reuniones previas que habíamos tenido. Y sí las había escuchado a ellas meterle mano a la formulación del proyecto. La votación fue pareja 4 para él, 4 para ella. Faltaba que vote una compañera de otra provincia, que tampoco conocía, pero que justo estaba en una actividad que compartimos el espacio y nos permitió vernos cara a cara. Le cuento esto que estaba sucediendo y le comunico que ella desempataba, y que yo abiertamente había dicho que la votaba a fulanita porque “en los lugares de conducción tienen que empezar a haber mujeres”. Así de necio y así de certero mi argumento. El facilitador del espacio la llama para decirle que tiene que ganar él, los motivos podían ser tan necios o certeros como los míos. Luego miro los mails y veo que ella, la compañera que me había encontrado en la actividad, votó a la candidata mujer. Todavía da un poco de culpa actuar así, pienso en voz alta “ojalá que sea buena coordinadora”. Me responde como un eco otra compañera “¿cuántos malos coordinadores varones hay? Muchos. Y decimos a coro: “y no pasa nada”.

Me acuerdo también cuando participé en Rosario del ex encuentro Nacional de Mujeres, y en un taller queríamos escribir las conclusiones. No nos podíamos poner de acuerdo porque cada una de las participantes quería ser orgánica con su espacio de militancia. Mmmmmmm. No creo que la cosa deba ser así. Tenemos que aprender a ser orgánicas entre nosotras (y me dejo una pregunta: a quiénes estamos y deberíamos incluir en ese nosotras?), construir ese consenso, desde el cual puede haber disenso, pero no al revés. Esa es la potencia sorora. Que el ideario político se subsuma al ideario de nuestres demandas. Porque nosotras también podemos construir una mirada sobre los problemas económicos, geopolíticos y partidarios, no porque tengamos que pensar todas iguales, pero al menos esforzarnos por encontrar nuestras voces despojadas de lo que nos dijeron, porque estamos intentando romper con un orden que lleva años de naturalización.

¿Las diferencias políticas atentan contra la sororidad? Por un lado, pienso que el atravesamiento complejo de la realidad genera posicionamientos políticos diferentes, basta con ver que hay algunas que armaron campaña por el Encuentro Nacional de Mujeres y no por el Encuentro Plurinacional, como a mi criterio es debido, o el desmembramiento de Actrices Argentinas, que consolidó un otro espacio Las Bolten.

El primer y principal desafío sigue siendo el de construir una configuración de sentidos compartidos desde la cual también tener diferencias, a pesar de los posicionamientos políticos partidarios, ideológicos, religiosos. El segundo desafío es construir esa configuración de sentidos sin que devenga en totalitaria. Y ahí arribo a preguntas que por ahí están mirando más el futuro que la realidad actual: ¿cómo construir esa configuración de sentidos y prácticas que contribuyan con la organicidad del movimiento sin convertirse en un “totalitarismo”? O ¿cómo ser sororas sin caer en el modelo fraternal de camaradería masculina o de moralina patriarcal?

Y acá encuentro un nudo que se vincula con un doble movimiento, y tiende un puente con la primera pregunta formulada en este escrito. La sororidad implica un gesto hacia al pasado: reconstruir alianzas que fueron socavadas para la posibilidad del ejercicio del poder patriarcal en el orden actual de cosas. Y al mismo tiempo mirar al futuro y generar posicionamientos nuevos en el orden nuevo que se está creando pero que no está instalado.

PD: la foto es de Juan Ignacio Aréchaga.

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