El amor en tiempos de feminismos: hombres desorientados (? ) y mujeres seudoempoderadas (?). Es decir, en tiempos de quilombos (¡).

Desde la sociología hemos aprendido que todo puede ser objeto de estudio, que un fenómeno aislado se entiende ligado a un contexto histórico, cultural y político. De allí que el amor se ha convertido en objeto de revisión de los feminismos. Pues hay que meterle siempre plural a todo, por las dudas de nunca sonar totalitaries, feminismoS.

Las instituciones tradicionales, así como los grandes metarrelatos, han estado y están en crisis puesto que ya no organizan nuestras prácticas cotidianas como si las organizaban antes (ponele). Incluso esto puede visualizarse en términos políticos partidarios, donde las “viejas” formas de la política partidaria han entrado en crisis y se han instalado “nuevas” formas acordes a los tiempos de hoy (vinculados con las nuevas tecnologías, los medios de comunicación y las redes sociales). Insisto con política partidaria, porque todo lo que hacemos es político ameos, ameas, amees, en tanto que es del orden de lo simbólico y, por ende, de “lo humano”.

En esta dirección, la familia y los vínculos amorosos heterosexuales, están en el ojo de la tormenta desde diferentes ángulos: no sólo pienso en el feminismo sino también en los vínculos de época relacionados con el individualismo y el avance (o reconfiguración) del capitalismo.

Últimamente vengo leyendo bibliografía feminista que aborda la temática de los vínculos amorosos sin tapujos, que en el orden de la vida cotidiana se han convertido en un tema de debate entre amigues: desde el poliamor, los hombres frente al avance del feminismo (y el mar de dudas en el que se –nos- encuentran), las reiteraciones femeninas, la histeria, el clavado de visto, las aplicaciones, lo poco que se encara cara a cara, y las viejas relaciones intentando cosas nuevas (ahora vivimos en casas separadas). Primera conclusión: es un tema de alto interés y bajo nivel de resolución.

Así, he encarado lecturas de orden psicoanalíticas que establecen duras críticas a cierto tipo de feminismo que intenta responsabilizar a los hombres de actitudes que, según exponen estos argumentos, obedecen más a la naturaleza fluctuante de los vínculos que a un machismo encubierto. Una buena exponente de esto es el texto escrito por Alexandra Kohan “Acostarse con un boludo no es violencia” que circuló últimamente. Quienes abogan por el mundo del psicoanálisis están en contra de todo pensamiento totalitario que oficie de verdad, pues se basan en la singularización de las experiencias (y que Freud y Lacan me perdonen). Así, suelen cuestionar la idea de que todas entendamos lo mismo por ser mujer, ser hombre, o que comprendamos lo mismo por amor. Es decir, que se esencialice.  Cito textual “Por la formación que tengo, a mí me cuesta muchísimo pensar en términos de mujeres y varones. Lo que el Psicoanálisis intenta una y otra vez es que no se esencialice ninguna posición de sujeto, menos por el lado del género, porque eso impide pensar. Después, también me cuesta pensar cosas a priori porque van a funcionar como un prejuicio a la hora de escuchar. El asunto es que la posición del analista nos exige sacarnos esos prejuicios de encima para poder escuchar la singularidad. Ahora, imaginate en términos de mujer y varón… Yo no tengo idea lo que es una mujer, lo que es un varón. Menos que menos podría decir “los varones”, “las mujeres”. Entonces, son dos cosas: no esencializar y después no generalizar”.  

En principio, puede ser un buen punto a tener en cuenta, ya que abre preguntas y no clausura sentidos. Sin embargo, me surge la duda de qué lugar ocupan las estructuras sociales en la singularidad de los sujetos. Más allá de que toda interpretación de la vida es singular (de ahí lo dificultoso de ponernos de acuerdo y de que no haya entendimiento pleno), y de que el modo de entenderme mujer implique cosas que yo misma desconozca porque se vinculen con mi abuela (estoy banalizando), no es tan ajeno al de una amiga, al de mi mamá o al de una colombiana que pasa por la calle. Porque todas estamos siendo atravesadas (sí, de modo particular) por relaciones de poder que nos ubican en un sistema más grande que el mar de singularidades, entre las que establecemos alianzas y luchas colectivas. Y que todo tiene una historia, y un momento histórico, incluso la idea de individuo, sujeto y Lacan; y que el psicoanálisis así como la sociología surgen en un determinado momento.  Así que amigues, el deseo por lo menos tiene una historia, no es ni tan aleatorio ni azaroso como implica su proveniencia inconsciente.

En otros términos, es la discusión individuo, sujeto- sociedad, estructura. Cada forma de aprehender la realidad le da peso específico a cada uno de estos dualismos, dialécticos sí, pero que no dejan de plantearse duales. Donde el psicoanálisis, le da peso específico al primero, sin desconocer el segundo, pero que por cuestión de método le atribuye los “me gusta” al sujeto para que, análisis mediante, el sujeto logre en definitiva un mayor autoconocimiento y algo parecido al alivio de x padecimiento y más luego la felicidad mundial, devenida de las sumatorias de felicidades individuales. (Listo, me matan les psicólogues).

Retomando, la autora desmenuza la idea de responsabilidad amorosa que se viene planteando desde algunas mujeres feministas y nos recuerda que: no podemos hacernos cargo de lo que suscitamos en los otros. Sea un “buen” suscitamiento o sea “malo”, y lo ejemplifica con los celos. Siempre ágil y sagaz se nos recuerda que “el sujeto no es dueño de sí mismo porque hay un inconsciente. La voluntad freudiana está corrida, no es la voluntad “yo quiero”, es la de la pulsión que es un concepto mucho más difícil. Uno no tiende a su propio bien.”

No, no se es dueño de sí mismo, pero vivir en sociedad implica sujetarnos a un conjunto de normas y pautas comunes. Y no hay garcas inconscientes (sean del género que sean), aunque sus motivaciones puedan serlo.

Desde la campana de la responsabilidad afectiva nos encontramos con el libro Putita Golosa de Luciana Peker, quien logra en un ejercicio de autosocianálisis inconsciente (cuak) el plantear la “clavada de visto” como una nueva forma de adoctrinamiento masculino al deseo de femenino. Pues, en sus palabras, “la violencia y la indiferencia no son asimilables. Sin embargo, puede tener la misma raíz: la reacción frente al deseo de las mujeres. Las mujeres que quieren tener novio o amante, o incluso, chongo casi como un erotismo efímero e intangible, no deben escribir, pedir, proponer, hablar o preguntar. O sea:  no deben mostrar deseo” ( página 22). Encuadra dicha indiferencia en los micromachismos amorosos, de allí la potencia de su libro y su circulación de mano en mano, de amiga a amiga. Pues en su escrito logra articular cómo lo íntimo es político, incluso las lágrimas de los desamores de las feministas, legitimando un deseo que no debe ser censurado por las miradas exigentes de las intrépidas Simones de Beauvoires.  Y propone el amor compañero, mezcla de setentismo, con feminismo y abundancia de los placeres.

Cuando discutí el texto con un amigo psicoanalista de los mejores, me dijo que le parecía un discurso histérico. Ya estoy acostumbrada con este amigo a que dinamite todo pensamiento vinculado al feminismo, no sólo porque puede haber resistencias a abandonar los lugares de privilegio (cuya contracara es reconocerse como reproductor de violencias), sino, y principalmente, porque es psicoanalista, de allí la misma crítica contra los discursos que tienden a esencializar. Explayaré su argumento: para él un discurso histérico es aquel que (explicado de forma sencilla) no se hace cargo de lo que se puede, a su vez se “incentivan ciertos mitos que está entre las mujeres como el destrato, o el significante abuso. ¿Qué es destrato? Que te clavó el visto. ¿Qué te va a decir? que sos horrible, que le cae mal tu pestaña torcida. El movimiento feminista (o una parte) se convierte en una nueva policía que les dice a los varones como se tienen que mover. Se convierte en una excusa para la mujer no hacerse cargo de buscar a otro varón, o de cómo buscar un varón, o cómo hacer para buscar un varón, si es que pueden, mediante análisis”. (Pondría cita textual pero me lo envío por audio de WhatsApp).

Wo wo wooowwwwww. Atajate esa mandarina. A hacernos cargo muchachas héteros o quienes se sientan incluides…

Más allá de eso, retruco: ¿se puede instituir una nueva forma sin que se oficie de “policía”? ¿Se puede crear sin que en esos contenidos esté la propia determinación de lo que se espera que sea? Es una discusión similar a la de los escraches. Todo pronunciamiento es una inscripción. Incluso si digo que no voy a decir lo que tenés que hacer, te lo estoy diciendo, así que es un entuerto casi lógico. Eso sí, las prescripciones pueden ser más o menos coercitivas. O ambiguas. O seudoabiertas. Para que entremos casi todes del modo que más nos guste. ¿A quiénes? Siempre hay un quiénes que está determinando algo.

Pero, sigamos (des)andando este camino. Lo que me pregunté a raíz del texto de Peker, y que tuve la suerte de hacerle la pregunta ao vivo, es: ¿por qué sostener la idea de que todas las mujeres quieren, desean, tener pareja y bregar por dicha legitimidad dentro de los ámbitos feministas? Por qué no aprender a escapar de ese deseo que nos esclaviza. Listo, cupido me odia y mi psicóloga se hizo un festín. Considero que los vínculos son posibles, esperables y adorables. Entre todes. Y que hoy en día un vínculo de a dos, a la vieja usanza, también es un desafío a la “modernidad líquida”. Pero no por eso no tiene que ser elegido. Y elegido implica que se valorice, piense, sienta del mismo modo un hombre soltero (“soltero codiciado”) y una mujer soltera (“soltera ¿codiciada?”). Las representaciones y las expectativas sociales sabemos que son bien diferentes para hombres y para mujeres, en toda materia, incluyendo la amorosa.

La fuerza de la deconstrucción feminista radica, entre otras cuestiones, en desandar el modo en que a nosotras nos han construido-enseñado y hemos aprehendido la idea de amor (que siempre nos es romántico) y a los hombres no sé. Y desandar capa por capa, pliego por pliego, inciso por inciso todo lo que ello determina en nuestras vidas. Cada una le da “al amor” (y sus derivados y no derivados) un lugar singular, sí, pero no tanto. Porque sigue siendo regulador de nuestras prácticas y emociones, y sobre todo de nuestras propias autopercepciones y autoestimas. Marcela Lagarde, en su libro Claves feministas para mis socias de la vida, historiza esto mismo. Antes de pasar por ello sería interesante saber cómo los hombres se piensan en el amor, y que también inciso por inciso, pliego por pliego, descubran el lugar o no lugar que le brindan a la afectividad. Pero entiendo el reclamo masculino: “no nos digan lo que tenemos que hacer”, na chiques, es sólo sugerencia.

Si hay algo que el feminismo nos enseña es a no ser ingenues: el amor es político, es social, y por medio del mismo también se ejerce y ha ejercido el poder y el sistema patriarcal y el capitalismo. Por ende, puede conformarse una ética diferente de los vínculos amorosos. Las mujeres no somos víctimas eternas de los fracasos amorosos. No, también están los víctimos. Pero sí debemos reconocer que “en el amor seguimos siendo muy idealistas.(…) Seguimos queriendo amar y que nos amen según los mitos tradicionales universales y eternos que han alimentado nuestras fantasías” (página 50). Y de eso no nos salvamos y nos debemos hacer cargo, y romper. Como nos sentencia Lagarde “el patriarcado durará hasta que las mujeres lo sostengamos con nuestras fantasías” (página 92).

No elegimos de quién enamorarnos, no. Somos sujetos fallados, escindidos, no unívocos. Pero eso no implica no dimensionar el enamoramiento como parte de un entramado social, determinado cultural y socialmente (por algo la gente rica se gusta entre sí, la gente de clase media entre sí, los blancos con los blancos, los negros con los negros, así las cosas) en el cual tampoco somos iguales hombres y mujeres. Incluso porque estas desigualdades atentan contra “las relaciones reales”.

Entonces comparto la idea de pensar en una ética de los afectos, donde todes opinemos sin hacernos les boludes, ni vos varón y tus privilegios, ni yo mujer y mis autosaboteamientos y expiación de responsabilidades, ni él, ni ella, ni elle. Ni como garantía de éxito amoroso, ni de acuerdos imposibles, ni de compartires celestiales, pero sí de respetos mutuos, “equivalencias humanas” citando a Lagarde, de reconocimiento de una otredad.

Porque como dice la autora: el primer territorio a expropiarle al patriarcado es nuestra propia subjetividad, a lo que sumo: subjetividad que incluye la de marta y también la de juan, susana y alberto, abigail y lule. Esa es una política feminista del amor. Eu, soy re romántica al final.

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