Historia de un desconocimiento. Colonialismo, cuerpo y agroecología.

No distingo. A duras penas me acuerdo de algunas verduras de verano y otras de invierno, pero no sé. Menos que la aspirina viene de la corteza del sauce, y que las llamadas “brujas” de la edad media frotaban los palos de escoba con Mandrágora y se masturbaban con ello. Tampoco entendía por qué ver gusanos y bichitos en la verdura no me hablaba necesariamente de suciedad o putrefacción, sino de menos usos de agrotóxicos. Que la combinación entre hortalizas, frutales, flores y “malezas” más que un desorden botánico es la forma en que se puede generar una estabilidad en el ecosistema para que así no sea necesario usar químicos sintetizados en laboratorios para controlar las plagas. Tampoco sabía que posiblemente todes estamos contaminados con glisfosato. Y menos las enfermedades que estamos teniendo por ello. Desconocía que en el mercado central de frutas y verduras se toma una muestra aleatoria para ver si las verduras tienen tóxicos, si es así se quema toda esa partida, pero el resto llega a las verdulerías de la vuelta de nuestras casas sin control alguno. Ni que hablar de los antibióticos que se les da a los pollos, que caminan poco y empollan mucho, y de las vacas que viven hacinadas para que le veamos menos grasa intramuscular y la carne sea más blanda, pero que tiene poco de carne y mucho de burundanga. 

Tampoco distingo los ciclos de mi cuerpo. No sé cómo funciona, lo intento entender, pero los conocimientos que tengo sobre él no me permiten tomar decisiones sino más bien obedecer a quienes me ofrecen curas, o sea les médicxs, de distintos tipos. Pero no dan respuesta a las dolencias que insistentes vuelven y yo intento decodificar sin ningún manual en el que crea.

Menos puedo aprehender los ciclos de mi cuerpo en relación con la naturaleza total. Vivimos como agentes externos a lo natural, incluso sabiendo que la naturaleza es una idea construida en oposición a todo lo vinculado con “el hombre”, pero al mismo tiempo está todo aquello que nos supera y no obedece a nuestras leyes (por suerte).

Este desconocimiento tiene su historia, más allá de que cada cual se hace preguntas cuando tiene ganas e interés en preguntar y mientras tanto puedo ver un elefante tapado con una sábana y creer que es una cama de dos plazas. La historia de ese desarraigo de saber se vincula con la colonización, con la incorporación de las estructuras mentales de una parte de Europa y la destrucción de los sistemas de pensamiento “locales” (masacre de las comunidades que habitaban estas tierras). Y es racismo. Racismo incorporado en nuestras estructuras de pensamientos que determinan un orden jerárquico de las cosas que organiza la comprensión del mundo (y su incomprensión) y construye la otredad dirigiéndola a nuestres “compatriotes” y no en relación al otro continente. O que básicamente construye la otredad de esa forma, como antípoda.

Aprendimos a entender al mundo a partir de la racionalidad y de los dualismos (mente-cuerpo, razón-emoción, etc.). Racionalidad que va de la mano del capitalismo. Para poder ser trabajadores/as funcionales, o colonia productiva, nos organizaron (y después nosotros copiamos esa organización ya que nuestro sistema político se toma como modelo el sistema francés) según las creencias de los países colonizadores. Aún hoy en día priorizamos los sistemas de saber generados en otras latitudes. En mi facultad vimos a los padres de la sociología, ni una madre ni un “amerindio”. Aunque hoy en día eso está cambiando…

Pero ¿qué tiene que ver esto con el glisfosato? Mucho. Si reconociéramos formas de producción de alimentos “tradicionales” y comprendiéramos el rol que tienen en nuestra salud, sería parte fundamental de nuestra educación el conocimiento del basto mundo de las plantas, la producción de alimentos y las complejidades que reviste. Y esto no sólo es aspirar a ser consumidores responsables. Asimismo, aprenderíamos sobre nuestro cuerpo (o simplemente aprenderíamos algo de nuestros cuerpos) desde otros abordajes que no nos hablen solo en término de salud y enfermedad, sino de placer, displacer, funciones y otras cosas mágicas que aún hoy nadie puede explicar (y que nadie admite la desazón de la falta de conocimiento, porque admitirla es reconocer que todo conocimiento es contextual y circunstancial y que se modifica, por ende, que no existe la verdad). 

Mientras tanto, si vas a la verdulería y te encontrás con la coliflor con bichitos, no les tengas miedo (ah re exagerada), son una garantía pequeña de que se respetó el tiempo de carencia (por ley está determinado el tiempo que no se puede fumigar la verdura antes de ser vendida según el agrotóxico utilizado), o en el mejor de los casos que se le echó muy poco.

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