Curita

Miro el celular rápidamente y busco en google la palabra en inglés. Es que siempre me confundo Suiza con Suecia en esa versión idiomática. Ahhh, ahora te puedo ubicar en el mapa. O algo así, porque nací sin GPS. En esta oportunidad te geolocalizo porque visité tu país, y ésto me obligó a conocer tu cartografía. Te lo tengo que decir, y dudo porque nuevamente no me acuerdo si esa ciudad por la que pasé pertenece a tu país o no, y porque todo eso en inglés.

El cenicero se llena lentamente, está sobre una mesita de plástico, y ésta en una terracita contigua a un gran deck donde está un living/sala de estar/comedor abierto que da al mar de día,  y de noche a la selva.  El estilo del living es entre zen, con una pequeña fuente de un buda, y refugio de cazadores del África de una revista de decoración. Hay sillones de rattan, almohadones leopardinos, mesas de madera maciza y diferentes alturas, lámparas de mimbre, y una larga barra que acompañaría lo que sería una ventana inexistente que da al paraíso. La gente circula y conversa con cierto aire íntimo. La cocina también está ahí. Es la hora de la cena, o la merienda para nosotros. Seguimos charlando, los dos sentados en sillones de plástico en la terracita. Los asientos nos obligan a tener una posición relajada, casi nuestra. Instalabas conexiones de internet en empresas y estabas viajando por 6 meses. Hablabas tranquilo y con distancia, porque el calor es latino y ustedes relojes, chocolates y paraísos fiscales. Pero igual me seguís la conversación, y te ocupás de estar.

Hay movimientos en la escena, viene tu amigo, te vas. Viene mi amiga y se sienta en tu lugar. Volvés y seguimos charlando con amiga de por medio a la que le traduzco algunas cosas. Todavía no te dije que estuve en tu país. Sentirse halagado/a cuando alguien visita nuestro lugar. Como si hubieran elegido algo de uno/a. Sentirse elegido por un raro efecto patrio. La escuela cumplió con su deber. 

Estamos en la cocina, yo revolviendo las verduras de una olla, y vos preparando un papillote con pescado y verduras que van a asar en una parrillita coqueta que también está en el living, y obvio que tu comida nos pasa el trapo porque siempre tienen más guita para morfar. También estaba tu nueva amiga cocinando. Te digo en un inglés nervioso que el año pasado estuve en Suiza, en Zurich y en Lucerna. Tampoco te podía decir mucho más, mi impresión sobre esos lugares fue de maqueta bien armada, porque no llegamos a conocer a nadie que le diera movimiento a la mampostería. Mi intento de halago de viajeros. Y vos me miraste, sonreíste y, claro, como todo patriota pregunta si gustó, mientras seguías con tus manos en la mesada de madera bajo las órdenes de tu amigo que te molestaban porque vos habías sido chef. No surtió el efecto cómplice que imaginé. O me falta chocolate para ese reloj.

Cruzo a agarrar un tenedor de una hermosa mesada de cerámicos azules intensos, porque era hora de probar mis verduritas. A tu amiga se le cae un plato y justo un pedacito me corta levemente el tobillo. Me sangra poquito, y a mí me incomoda que la chica se sienta apenada. Me da vergüenza que reparen en mí por eso. Me hice la que no pasaba nada, mientras asomaban gotitas rojas que vi minutos después. Me dispuse a levantar algún trozo de plato un poco atontada porque mirá que justo que un plato que golpea en la hermosa mesada azul vuela una astilla para pinchar mi tobillo. Como si fuera Michael Jackson cruza con David Copperfield camino deslizándome hasta el baño cuya puerta daba a la cocina, para agarrar papel higiénico y limpiarme, con la misión de ser invisible. El chico me pregunta si estoy bien, mientras colaborativamente juntamos el daño. Sí, le dije, y ahora Suiza era yo.

Salgo y me hago espacio en una mesa para sentarnos a comer con mis compañeres de viaje. En la mesa había un hombre que se parece al que murió por la mantarraya, más en espíritu que en físico. La noche anterior había atrapado una araña que circulaba para liberarla unos metros más allá (muy greenpeace todo), en la jungla que rodeaba las cabañas que eran las habitaciones. A su lado, una mujer de modos amables y de película donde hay vidas sencillas y ahí radica la gracia. Ellos parecían pareja pero hablaban como si no se conocieran. Él anotaba en un anotador muy de safari para ese contexto, y de carnicero si estuviéramos en el mío, los datos que ella le proporcionaba sobre música y otras cosas. Eran lindos. El me cayó mejor. Al principio pensé que era un gringo disfrazado de turista que va a un país peligroso de Latin America con un seguro médico contra todo riesgo. Pero era de Canadá, lo que modificó su status con la rapidez con que se señala otro punto en el mapamundi.

Se acerca el chico un poco arrepentido de su falta de gracia en la demostración de complicidad, se sienta cerca mío y retoma el tema de mi estadía en Suiza, y pide que le detalle donde estuve. Le cuento de la proeza gitana de ese año y se vuelve a ir por obligaciones culinarias de ex chef. 

La pareja que hablaba como si no se conocieran me ve que me miro la sangre que se me había juntado en el tobillo. ¿Estás bien? ¿qué te pasó? Mientras mi amiga me alcanza unas servilletas.  Me dicen que me tengo que limpiar y desinfectar y el hombre que se parece al hombre que se murió por una mantarraya me muestra una herida del largo de un dedo sobre su muslo. Pienso que es un gesto amable comparar tamaña cicatriz con un rasguño casi que de gato. Me cuenta que se la hizo con un bote y que le pusieron puntos. Y sí, por eso te parecés al hombre que murió por  la mantanrraya. También me río para mis adentros, no soy muy obsesiva de la desinfección o no le tengo ese miedo a los países latinoamericanos. Minutos antes se me había caído un cuchillo y quisieron reemplazármelo por otro limpio. Olvidate, está tudu bom, simplifico para mis adentros.

Durante la conversación de safaristas en la jungla, cicatrices y aventuras, vuelve a aparecer él, mientras la pareja me dice que tenía que ponerme algo en la herida. El chico me vuelve a preguntar si estoy bien. La mujer de vida sencilla interviene y me dice si tengo banderies, o sea, curitas. No sé si le respondo, porque todo eso me lleva a cuando era chica y me raspaba la rodilla y me daba entre vergüenza y culpa lastimarme, y peor si me preguntaban si estaba bien, porque inmediatamente me daban ganas de llorar aunque no me doliera y aparecía una puntada en la garganta. Acá sólo tenía el rastro de timidez y de niña descubierta en cierta negligencia. El chico me saca del limbo y me dice que tiene curitas, que si quiero. Le digo que si las tiene cerca y me dice que sí, que su habitación está ahí, en la puerta de al lado de la cocina. La mujer vuelve a intervenir y me dice que debería limpiar la herida, me habla a mí pero sobre todo a él, y yo pensaba en si era descuidada o estaba mirando mi raspón. El domador de cocodrilos asiente, you have to clean it. Mi nuevo asistente va hasta la habitación y trae un bolsito negro. Un kit muy específico de viajero de estadías largas. Pongo mi pie en la banqueta de madera rojiza hermosa. Él abre el kit con gestos precisos y cuidadosos y saca un pequeño spray blanco. Yo todavía dudosa no sabía cómo iba a ser el procedimiento: ¿me va a dar los elementos y yo realizar la curación?. Decidido se acerca y me apunta a la herida, herida del tamaño de la uña del dedo chiquito. Lo miro con cara, y sin tener casi que hablar me responde que no arde, not burns. Esto es un paso de una comedia romántica, pienso. However me siento sentada al costado de la canilla de la entrada de mi casa donde siempre terminaba lavando mis raspones. Viene el momento de la curita: ésta sí me la va a dar para que yo me la ponga, o ¿cuánto más puedo sostener este juego de paciente y enfermero? Nos miramos a los ojos, yo estoy ahí haciendo equilibrio con mi pie en la banquetita y mi cola en la otra silla, con mi pierna expuesta y observada en detalle por un profesional suizo. Ahora veo mi pierna en su dimensión estética, como si de repente debiera ser una otra cosa más que un pedazo de carne que me transporta se iluminan sus “defectos”, menos mal que invertí en depilación definitiva. Nuevamente me incorporo para recibir la curita en mano. Como cirujano abre en un movimiento el envoltorio, saca la curita, coloca en un costado los papeles, y los papeles del pegamento, se acerca entrando a mi limbo y sostenida por sus dos manos se aproxima a mi pierna y me pone la curita. La repasa con su dedo índice como si sobrara tiempo, sigo sus dedos con mi mirada. Se asegura que esté bien pegada. Nos miramos atravesando la luz cálida, lo que le da al espacio el sentimiento de que todos éramos exploradores que habíamos regresado de tener una gran jornada donde nos habíamos enfrentado con tigres y tenemos colgados dientes de leones en hilos negros, que encontramos en nuestras expediciones. Somos todos aventureros y especiales, qué suerte. Le digo muchas gracias, en un español claro maximizando todo mi potencial carismático, como si apretara un botón, combino un tono de voz con intensidad de mirada. En dos palabras devolverte el sentir todo eso. Todo eso que me hace escribir y construir fantasías. De nada, me contestaste en un español champurreado.

Días después me corté la planta del pie, no me la limpié y me puse una curita barata de argentina, que instantáneamente quedó arrugada. La primera vez que me metí al mar se salió. La curita suiza me la saqué varios días después, cuando decidí que era hora de correrme de la canilla de mi casa y volver a jugar.

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