Irse

Empujo, con fuerza, y siento los dedos secos. Secos: cuando los dedos resbalan más fácilmente entre ellos y al mismo tiempo se siente áspero y las yemas más gorditas, como si faltara piel. Es inevitable. Porque las manos agarran cosas con polvo, cosas que usualmente no son agarradas (como adaptadores de enchufes), se limpia a fondo, te teñís el pelo de colores, o hacés algo que tiene que ver con la preparación y el listado del sinfín de cosas que te deja los dedos rasposos y un examen autoimpuesto. Más estilo multiple choice que final oral.

Nunca me voy del todo conforme. Como si dejara a propósito un porcentaje de disconformidad que me obliga a volver a hacer las cosas que me quedaron pendientes. Porque suspender la rutina por un tiempo es hermoso, pero también es un desarraigo. Sobre todo para quienes somos arraigadas (?), no cambiamos de ciudad para irnos a estudiar, y seguimos estando a una distancia en taxi de la casa de les padres.

Y decidir qué llevar es como decidir el gusto de helado cuando te gustan más de dos y querés cucurucho y no telgopor y entonces sólo se puede elegir dos. Repasás la pizarra de gustos nuevos y viejos, y rápido que ya se acerca tu número y hay cola y te tenés que apurar y hacés el cambio de último momento o elegís los clásicos. Criterio. Que pesado es tener que elegir con tanta anticipación opciones limitadas de lo que vestir. Qué pesado tener que elegir. Un mate y sigo. Me tiro y sigo. Contesto el mensaje y sigo. Miro un capítulo y sigo. Busco qué escuchar y sigo. Ah, mirá lo que pasó con fulana y sigo. Macri sos un desastre y sigo. Hoy qué comeremos y sigo. Me voy a hacer el almuerzo y sigo. Mejor acomodo las plantas y sigo. Voy a pasar la aspiradora y sigo. Qué es eso que se ve ahí y sigo.

Hago un escrutinio de médica que repasa los síntomas a ver cuál prenda se ajusta a los requerimientos. Método basado en el raciocinio y no en la felicidad como lo solicita la nueva gurú del orden Marie Kondo. Y se contemplan más catástrofes que las usuales. ¿Si hace mucho frío? ¿Si llueve? ¿Si hace calor? ¿Si hay microespinas? ¿Si hay bichos? ¿Si hay adoquín? Al momento de entrar a la mochila o la valija se les exige más cosas a los textiles que en la vida cotidiana. Porque tiene que ser cómoda, multiuso, que sirva para distintas ocasiones, que no esté en lo posible roto o por romperse, que no le falten botones, que no tenga agujeros, que sea combinable con las pocas cosas que se llevan y que te guste.

La selección del calzado es una proeza aparte, sobre todo porque hay gran variedad y posibilidades. Y los zapatos “de mujeres” generalmente cumplen primero el criterio estético que el de comodidad, incluso las zapatillas ahora vienen con taco para festejo de algunas petisas y mi desconcierto. Criterios que deberían aunarse para la felicidad de todes.

Es como querer tener el cartón del bingo que se aproxime los más posible al ganador. Pulsión por controlar las posibilidades totales, como si fuera posible acertar.

Armar el equipaje equivale a hacer predestinación, es mezclar las cartas y hacer una tirada de tarot. Porque hasta los pronósticos te abandonan y llegan hasta un plazo acotado y despúes te dejan en la oscuridad del promedio. Y dirán que el viaje de camping tiene más complejidades en su preparatoria, pues disiento. Porque la temática da la consigna clara, como el título que nos daban en la primaria para arrancar un escrito.

O rutina, sos tan pesada y tan adictiva. Extraño mi almohada, se escucha en los pasillos de algún hostel. Mi cama, murmuran cuando pega el momento rutinomelancólico. Y nunca falta quien dice “las milanesas”. Aunque te hayas ido dos días de pesca al río. Y el fernet, si cruzaste alguna frontera. La emoción si se escucha una canción de tu tierra, traiciona hasta quien se sienta un/a etnógrafo/a nato/a. Hay quienes se llevan todo, incluso comida, para no extrañar, porque es lo que les gusta. Hay quienes intentan digitar hasta el último aliento, o contratan a quienes lo hagan por elles. Y cuando ya estamos bien relajados y entrados en la dinámica viajera se le dice “casa” a la residencia de turno. “¿Vamos para casa?”.

Irse. Irse es también eso, repasar las manías cotidianas para ver cuáles pueden entrar en ese pequeño espacio y cuáles nos vemos forzades a dejar. Cuáles manías son íntimas y privadas, y cuáles pueden ser compartidas. Es ser un poco desaprendida. O desaprendido. Es arriesgarse a la pérdida porque se supone una gran ganancia. Es arriesgarse, porque ahí hay oportunidades, incluso de descanso.

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