Bailar

Cuando bailo me desboco, me descoco, me desando para andarme en otra estructura de movimiento que no es la socialmente impuesta, la de las normas del decoro, del asiento en la oficina y el teclado en los dedos. Ya no importa si se me ve, si se me sale, si se me corre, si se me nota que estoy completamente transpirada, si tengo manchas, si tengo rollos, si soy sensual, si tengo llantos, si tengo angustias, si se me notan los pezones, si tengo estrés, si tengo sexo, si tengo soledad, si tengo hijos, si soy explotada, si soy explotadora, porque exploto. Combustiono con el movimiento. Y siento. Siento calor, siento las piernas, siento los brazos, recuerdo mis caderas, siento el pelo en descontrol cada vez más esponjoso por la transpiración, resistente a todo tipo de ataduras: “acá no me domesticás”.

Siento la unión entre la música y el movimiento, como se da entre el chimichurri y el asado, el efecto del brilla metal, o dos bocas que chapan con entusiasmo, y una lengua alienta a la otra a ir por más.

Me centro en la materialidad de mi cuerpo, en mi volumen, en mi altura, en mi ancho, en el atrás, en el adelante, en la estabilidad en el movimiento y la inestabilidad, en la agilidad, en la rapidez, en la fuerza, en la sutileza y voy probando. Me monto sobre la física y me siento chévere. Me siento jocosa. Un melocotón, aunque nunca lo haya probado. Me siento que se nos conectan los úteros, guerreras. Siento que somos posibilidad de vida. Me siento ancestral y siento la potencia de nuestros cuerpos. Potencia de vida, de manada hermanada. Siento mi sexualidad, no para complacer a nadie, ni siquiera a mí, sino en su existencia y cierro la base de la pelvis y nos movemos en cuatro patas como gatas.

Primera pasada, y se nos ve cansadas. Segunda pasada, y empiezan las sonrisas. Y las veo disfrutar como disfruto yo. O cada una disfrutará de sus propias ideas puestas en el baile y sus propios sentires. Lo que nos conecta es el disfrute en el movimiento. Y de a poco vamos tejiendo la red de sonrisas, de alegría. La alegría del hacer, del mover, de probar, de permitirse ser ridículas sin ridiculizar, de combustionar nuestros cuerpos, de que se cocinen despacito con los tambores, se vayan ablandando como una carne bien macerada o una mermelada que se revuelve pacientemente. Y podemos bailar libre o también en la liberad de la estructura, con la seguridad de la reiteración, como les nenes miran la misma película muchas veces porque les da seguridad saber la historia.

Y así terminamos, hechas agua, legítimamente transpiradas, con olor a piso, a cuerpo y a sumatoria de cuerpos. Con cada zona húmeda de nuestra existencia material regada de adentro hacia afuera por un jardinero invisible que humecta nuestra pacha.  Nuestro cuerpo anfibio emerge y recordamos que la primera existencia fue en el agua. Así, una segunda piel acuática, compuesta de todo eso que se saca. Y algo pasó. Alquimia algunas la llaman. Encuentro. Energía. Combustión. O ejercicio.

Y el cuerpo está contento de que hizo lo que quiso por un rato, sin tener que contenerse. Encontró un espacio donde no se lo juzga con los parámetros del diario. Donde se privilegia la arenga, el sucundún, el moverse sin miedo, porque estamos nosotras. Y en esas miradas quedan los rastros de la complicidad por la libertad sentida. Y el agradecimiento de habernos permitido esos ratos de goce y brillantina.

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