Me la voy a poner

La veo venir. Me voy a chocar. Me la voy a poner. Me la voy a dar de frente. Con todo. Me imagino la frente con los raspones de las rodillas de cuando era chica, color naranja con rojo y violeta. Ardían. Y otra vez me va a pasar. Me la voy a poner. La piedra. La pared, la pileta sin agua. La caída y el golpe. Te la vas a dar, se escucha a coro desde la tribuna. Me la voy a dar en la pera, pero sin diversión o sí. Se viene, se viene. Y no es entre la espalda y la pared, ni la espada y la pared. Es en una dirección. Directo al cadalso. Al paredón. Y la voluntad me lleva, como el carcelero que acompaña al preso en el tramo final hacia el patíbulo: “¿qué quiere como última cena?”, lo aprendido de las películas, pero no lo aprendido en la vida.

Me la voy a poner, de frente manteca. Calculemos los daños, mejor no. Tomá carrera y ya fue, que pase lo que tenga que pasar. Mejor no. Andá despacio, a menor velocidad menores riesgos. O mejor no hago nada, me quedo acá sentada, por los siglos de siglos hasta convertirme en estatua de sal y me hagan un ataúd más ancho para que entre en posición fetal. Y sí, me hablo en todas las personas, plural, singular, primera, tercera. Como un licuado de seres.

Me la voy a poner sin anestesia. Caída libre. Las tripas se van a salir de todos mis orificios y se van a hacer nuevos orificios. Las tripas, el entripado. Como los menudos en las carnicerías en esas bateas blancas ya no tan blancas, flotando en sangre amarronada, pedazos de vacas, u otros animales, sustancias viscosas. Y ese olor a carnicería, que queda en las bolsitas de plástico transparente, después en el tacho de basura y después en la memoria, que limpia frenética la tablita que se usó para cortar la carne y la mesada. Y los dedos siempre quedan engrasados después de tocar carne. No hay caso. Pegajosos, con un ungüento. No hay caso. No hay modo de escapar a esa sensación de dedos metidos en carne picada. Ya fue, es carne picada. Es una sensación, no pasa nada. Sí pasa, pasa que me la voy a dar otra vez. ¿Me moriré? No, no te vas a morir. O sí. No lo sabés. Que cosa la muerte. No exageres. El problema no es morirse, el problema es sufrir. ¿Cómo desarmo todo esto?

Listo, se viene. No queda otra, o sí, o no sé. Metele que son pasteles y el horno hoy está para bollos. Todos los bollos me los voy a llevar. Abollada como autito chocador. Hay seguros de vida, pero no cubren chapa y pintura.

…………

“¿Ya está? ¿Ya pasó? ¿Era eso no más?”

………….

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