Cuerpo, política y reflexión.

En mi vida académica centré mis estudios sobre el cuerpo, porque en un divague argumental arribé a que para entender las dinámicas sociales que nos conforman como sujetos y, como sociedades desiguales, tenía que descubrir qué es el cuerpo y cómo lo entendemos.

Cuando hablo de dinámicas sociales me refiero a nociones modernas sobre las que la sociología monta sus preguntas para desnaturalizar lo que damos por hecho. La sociología, la historia, la filosofía y la antropología desde el campo científico, desde otros campos del saber, hay muchos otros abordajes.

En esa dirección, que nos comprendamos como individuos indivisos (no divisibles) está vinculado a nuestra concepción occidental del cuerpo como límite. No nos entendemos, como en otras culturas o tradiciones donde el cuerpo es una extensión del cosmos y el paisaje natural, sin ese límite sobre el que se monta el uno/a. Y gracias a que existe este uno/una/une es que se puede pensar en las leyes, el ciudadano y el estado moderno. La concepción de estado, en parte, se da a partir de que existe esta noción de individuo y el cuerpo como unidad de medida. Sobre esto hay mucho escrito y analizado, y Norbert Elias es uno de los autores más reconocidos que muestran la conexión entre prácticas corporales, construcción del individuo, o proceso de individuación, y conformación del estado.

Avanzando en este interés por comprender las dinámicas sociales, desentrañar los modos en que se reproducen esas desigualdades es materia que me convocó. A mí, y a muchos/as más. Para que se entienda a qué me estoy refiriendo con reproducción de desigualdades: cuando nos preguntamos cómo alguien de un sector económico desfavorable vota a Macri, o cómo las comunidades latinas votaron a Trump, implícitamente se están preguntado, entre otras cosas, por los modos en que se reproduce el poder o el statu quo o la estructura social (no son sinónimos, cada uno son conceptos con altos bagajes teóricos y diferentes posicionamientos). Ahí el cuerpo como objeto de estudio tiene para aportar.

Para quienes no estén familiarizados con ciertos desarrollos teóricos sobre estos ejes, les comparto que en determinado momento se problematizó las nociones sobre el cuerpo, separándolo de sus definiciones orgánicas y biológicas (concepciones materialistas/mecanicistas del cuerpo vinculadas al dualismo de Descartes que separaba mente de cuerpo, gran parte de nuestras concepciones vienen de él pues es reconocido como “padre” de la filosofía moderna) y pensándolo dentro del mundo social.

¿Qué quiere decir esto último?

Que muchas de las características que tiene nuestro cuerpo no están dadas por nuestra genética sino que, por ejemplo, la altura, el peso, color de piel, entre otros, obedecen a estas dinámicas sociales. Ejemplos sobre ello son que personas mal alimentadas están por debajo de la estatura promedio. El contraargumento que generalmente me dan es: ¿si nacés con enanismo? Pensar que intervienen dinámicas sociales no es lo mismo que decir que no tenemos condiciones dadas, pero son posibilidades y no determinantes.

Sobre esas características, más fenotípicas, también está la interpretación que culturalmente hacemos de ellas: asociar, por ejemplo, belleza con altura deviene de un sistema de percepciones y clasificaciones político y culturalmente dado. Tomando por caso, una persona alta para ser mujer en Argentina puede ser alguien que supere el 1.70/75, pero en países donde la media es mayor, por ejemplo los países nórdicos, posiblemente la altura establecida sea otra y ésta no sea un parámetro de belleza. Nuestra percepción, entonces, obedece a un parámetro cultural (la idea que es alta alguien mayor a x cm.), y genera una clasificación, altura=belleza.

Complejizando aún más, la relación entre “lo social” y el cuerpo, las teorías sobre los géneros performativas (como Judith Butler) que se referencian en Foucault y la positividad del poder, profundizan aún más esto y suponen que esa materialidad que comprendemos como sostén sobre el que se montan las dinámicas sociales, o construcciones culturales, son incluso producidas por el mundo simbólico (el lenguaje) generando “desde el vamos” la mirada que instituye esa diferencia. Esto es complejo y amerita mucho desarrollo.

Estos últimos tres párrafos intentaron sintetizar por qué se puede pensar al cuerpo en relación con las dinámicas sociales, o como producto y productor de ellas y, por ende, de las desigualdades sociales. Lo que subyace en esta argumentación es ¿por qué respetamos el orden de las cosas? ¿Qué es lo que nos hace obedecer?

Si nos tomamos dos minutos para pensar y esquivamos las primeras respuestas más “intuitivas”, ¿qué es lo que hace que obedezcamos a las reglas sociales? Reglas que, si mínimamente estamos de acuerdo, suelen ser más bien opresivas o generadoras de desigualdades pero necesarias (sí, vivir en sociedad implica que nos organicemos y respetemos las normas convenidas como el lenguaje: entender por mesa, mesa y no por mesa zapatilla). Esas normas, reglas, pautas que construyen nuestra forma de ver el mundo están en nuestros cuerpos. Incluso en aquello que nos parece más intuitivo como las emociones: el asco, la repugnancia, el gusto, el enamoramiento, etc.

La forma más potente de asegurar posiciones estratégicas de poder, es mediante la afirmación de que las cosas son por naturaleza. Los discursos sobre lo natural justifica y justificó las peores atrocidades. Porque si es natural tiene que ser así y no de otro modo, y este ser así se justifica en lo “inmodificable” como el instinto, es decir en respuestas prefiguradas en nuestros cuerpos. Pero si esas respuestas prefiguradas en realidad obedecen a un mundo de creencias compartidas, entonces no hay natural y no hay una estructura instituida que se deba obedecer. Y todo eso permite pensar en prácticas de libertad, como diría Foucault.

La foto es de un afiche que hicieron los pibes del Instituto de menores Carlos Ibarra, como producto de una charla que hicimos en el marco de los talleres que se dictan.

 

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