Mancomunión

El río destella algunos brillos, no tan nítidos como lo harían otras formas de acumulación acuíferas. Subimos a la cáscara de nuez con motor y lo cruzamos. No me da miedo el agua, al contrario. Cuando llegamos a la isla, veo mucha gente en traje de baño tomando los últimos rayos de sol, que permiten ese estado de desnudez. Mansos como focas.

Damos unas vueltas, nos acomodamos, suena la primera banda. Casualmente eran de La Plata. Suenan muy bien. Pero no logran todavía atraer a los casi oyentes que están en estado somnoliento vagabundeando entre la costa, el pasto, el fernet, el porro, las charlas. Lo que se hace en una fiesta que arranca antes de la hora del té.

Me gusta todo, me siento bien. Hay buena onda expresada en sonrisas, despreocupación, flexibilidad, ganas de encuentro. A mí eso me abre los poros de la piel y me vuelve una esponja. Me vuelvo ganas.

Comienza a caer la noche y empieza la combustión entre el movimiento y las sustancias, la alegría y las luces, el fuego, el vaivén de los cuerpos. La manada se mueve al son de la música colombiana, sin dudar donde pisa.

Y yo bailo acompañada, sola, en pareja, en ronda, en cuadrado, en círculo, sobre mí, sobre mi amiga, con el francés, sobre el desconocido, con el desconocido, con mis manos, con los pies, con la cabeza, con la panza, con la cola, con las cejas, con las ganas de bailar. Entre vuelta y vuelta quedo enfrentada a una chica. Me sonríe. Le sonrío con el cuerpo. Me mira con profundidad y me dice: “nosotras te vamos a cuidar, compañera”. ¿Alguien le dio la llave de mi alma? En sus palabras, palabras de una desconocida, siento el abrazo de un tropel de mujeres. Mujeres luchando, queriéndose, despertando, que están tejiendo redes invisibles y visibles, espacios públicos y privados transmutados en un abrazo verbal colectivo. La buena estrella se posó sobre mí. Como si mis vasos sanguíneos se conectaran con una totalidad y veo la matrix, los espíritus, las almas, la energía, la inmensidad, la comprensión de la comunidad. “Sororidad hermana”, le respondí encarnada por una monja feminista, y porque no encontré modo de responder en otras palabras, que se hubieran parecido más a un mantra que a una oración. Nos abrazamos con afectuoso reconocimiento de guerreras vikingas. Hablar un lenguaje perfectamente íntimo, profundo y compartido con alguien que aleatoriamente se para frente a mí. Sentí un encuentro de amor intransferible. Las mujeres nos estamos queriendo. Y yo me voy reconciliando con haber nacido mujer.

Escrito en abril 2017.

 

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