Sangre que no has de be-ver

La primera vez fue una manchita marrón ocresina, no me pareció mucho o algo. Y preferí callarlo. Total, del cuerpo siempre salen cosas un poco inexplicables. La segunda vez, no me quedó otra que decirlo y pedir asistencia. La practicidad ante todo en mi familia, y no se hizo gran alharaca, ni felicitaciones por hacerte mujercita, “te desarrollás”. Por suerte, esas le habían tocado a mi hermana mayor, que en pijama y con cara de emo no podía ir al almacén porque era su primera indisposición. Yo fui un poco más pragmática, o la segunda hija. La menstruación para mí no era más que buscar métodos alternativos y creativos de poder tirarme a la pileta sin que se notara. Recortar las alas de las toallitas, pegarla en la malla y, si había un baño cerca, meterme a la pileta con palpitaciones y ensoñaciones de que el gel se iba a salir, y yo pecadora por mojarme estando indispuesta. El pecado de estar menstruando. De trasgredir las falsas normas del decoro femenino.

Su primera vez fue una manchita marrón ocresina. Bueno, ya va a pasar supuso. La segunda vez estaba haciendo softball, agachada para recibir la pelota, se palpa y se da cuenta de que el jogging color gris estaba todo teñido. Nunca más volvió a las clases. La tercera vez, se levantó del banco del colegio y estaba teñido de rojo. Se ató un buzo e hizo como si no pasaba nada. Se fue a la casa de las amigas, se encerró en el baño y fregó con la tenacidad y la desesperación que nos da la vergüenza. Así, callada, sin pedir asistencia porque todavía no podía hacerlo, hasta que una noche de sábanas blancas la evidencia era criminal y la madre estaba cerca. Y al baño y la explicación de las toallitas.

Una amiga cada vez que se levantaba del banco del colegio me pedía que le mirara el culo a ver si se había manchado, es que efectivamente sus menstruaciones eran en cantidades cuantiosas.

A mi mejor amiga de la primaria un día la pasan a buscar por la escuela, porque le dolía la panza. La situación fue rara, como si le pasara algo grave. Estábamos en quinto grado. Tenía el guardapolvo manchado de color ocre en algunas zonas. Y más vale desaparecer hasta que volvamos limpias. Limpias de todo rastro de sangre. Porque nos sale sangre, pero lo decimos muy poco.

Otra amiga, hablando de esto que hablamos, me cuenta que su hermano les tenía prohibido decir, en caso de que fueran a meterse a la pileta, que estaban menstruando. No les podía prohibir menstruar. Sangramos, pero que no se note ni se diga. Y está bien, tampoco es de público reconocimiento cuando alguien va a hacer sus necesidades. Pero no fregamos indómitas nuestras almas si se nos cae un pedo.

Un verano estaba en Rojas. Carnaval. Con mi hermano y mi hermana fuimos a visitar a mi familia. Estábamos en la pileta del club más reconocido. No tenían acceso al baño. Esta vez había incorporado la consigna “no te mojarás”. Era el primer verano estrenando mi nuevo cuerpo. Me tiran un baldazo de agua. Ahí, en el medio del pasto, de la gente. Todos me miran, me siento humillada. Me mojaron. Sentí que me iba volver un grembling. Mi cuerpo de adolescente demasiado redondeado entre púber y niña, todo manchado de rojo. Porque encima éramos visibles por ser de afuera. Cuando detecté de dónde venía la orden de mojarme, como autómata, cargué una jarra con la lluvia de la ducha de la pileta, que dividía el pasto del solárium, me dirigí al quincho/buffet y vacíe la jarra completa como si regara las galletitas y todo lo que había alrededor. No me molestaba el carnaval, me molestaba que me mojen estando indispuesta, y la vergüenza de tener que explicar que no me podía mojar porque me iba a convertir en calabaza. La gente pensó que enloquecí. Es que enloquecí. Cargo otra jarra y mi hermana me pone la mano en el hombro y me dice “julia, ya está”.

Suerte las que tenemos hermanas mayores, que nos dicen algunos trucos, a veces. Mismo verano y había que ir a la depiladora, porque parece que ya tenía pelos y edad para depilarme. Me iban a hacer el cavado. Obvio, estaba indispuesta, que pesadilla. ¿Qué hago? Ponete un tampón. Qué manera de transpirar. La clave está, explican las que saben, en que te entre el dedo, por lo menos la primera falange. Que me entre ¿a dónde? ¿A dónde termina esa cavidad tan cerrada y estrecha, en esa edad donde todavía sigue seudo permitido el correr, jugar a la escondida, al básquet con los varones, que te hagan upa, y mirar dibujitos?. El primer tampón es imposible. Al menos en todas las que conozco. Me voy al baño, me pongo en cuclillas, mi mamá y mi hermana me esperan. Transpiro, transpiro y transpiro. Respiro hondo y empujo un poquito. Me duele, me molesta, ¿qué es esto?!. Dicen que no se siente, pero yo siento todo. Siento un coso. Literalmente un coso. Se sufre sin drama, porque es al mismo tiempo gracioso. Y doloroso y adoctrinador. Se sufre un poquito en silencio, porque hacerse mujer es un poco eso. El silencio. No estoy menstruando, no. No me sale sangre, no.

Empujo otro poquito, bueno siento que mi dedo hace una presión como si estuviera moviendo una piedra contra otra piedra, y mi dedo fuera el de hércules. Pero no. Parece que la energía se queda en mi dedo tenso. Y empujo otro poquito y siento que  me desvanezco. Se me baja la presión. Y me río, que semejante boludez me ponga tan nerviosa. Me doy por vencida, y dejo mi trabajo a medio hacer. Mitad adentro, mitad afuera. Salgo del baño y me tiro en la cama derrotada. Con mi hermana nos reímos, y me río y siento el coso a medio poner y a medio salir. Le digo que lo siento todo y que es re incómodo. Me pregunta que si me metí el dedo hasta la falange indicada. ¡Qué se yo!. Si no veo. No se ve. Maldito órgano escondido. Me sigo riendo y se va saliendo y, por suerte, en un impulso me lo saco y ¡qué alivio!

Una amiga de una amiga, en la playa, misma secuencia. Se va al baño, lucha cuerpo a cuerpo con su cuerpo. Se sienta, pálida como un papel. La amiga le pregunta si todo bien. Sí, todo bien, y se desvanece.

Cuando nos contamos estas cosas nos cagamos de risa. Porque es gracioso el cagazo mezcla con vergüenza que nos da. Y lo poco que algunas indagamos en nuestro orificio antes de indagar con un otre.

Pero si hay algo que ya no nos causa tanta gracia es el silencio. Y la negación. Y el asco que sentimos y debimos sentir ante nuestra sangre. El asco que nos da y que nos devuelve la mirada de ustedes. Es increíble lo tabú que sigue siendo la menstruación, siendo que es algo de lo más cotidiano (o seudo cotidiano según el caso) para gran parte de la población. A la hijas todavía les da vergüenza pedirle al padre que compre toallitas, y las adultas disimulamos la vergüenza, o la intentamos combatir, cuando nos manchamos, nos paramos frente la góndola de los apósitos o le tenemos que pedir a una compañera de trabajo que nos preste una porque no trajimos y nos la da oculta. Una toallita en cualquier lugar da asco.

Y la sangre en cualquier lado, ni te cuento. ¿Coger menstruando? ¿Qué dirá?

Y para quienes estén pensando que no es necesario contarnos todo, es cierto. Pero menos necesario es cultivar el tabú sobre nuestros cuerpos, naturalizar las desigualdades y volver extraordinario y horroroso lo que nos sucede regularmente.

 

 

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