Nací en una casa linda

 

Nací en una casa linda, con entrada linda, con un camino de agapantos que se ponen violetas en diciembre y anuncian la época más feliz y corrosiva del año. Nací en una casa linda, con entrada linda, con un camino de agapantos que se ponen violetas en diciembre y dan ganas de creer. Nací en una casa linda, con entrada linda, con un camino de agapantos que se ponen violetas en diciembre que me recuerdan las chicharras, el verano, el olor al tilo que está en mi ventana, la brisa como la sensación de salsa blanca con nuez moscada, los abrazos de las abuelas, mullidos, los fuegos artificiales, los cuartos de helados que pedíamos con mi hermana que comíamos mirando la tele.
Nací en una casa linda, con entrada linda, con un camino de agapantos que se ponen violetas en diciembre que me dice que nada malo puede pasar, aunque siempre pasan cosas malas.
Nací en una casa linda, con entrada linda, con un camino de agapantos que se ponen violetas en diciembre. Dos momentos. Uno cuando estaba en Uruguay con amigos de esa época, hospedados en una cabaña que encontramos de cara duras: uno de ellos le fue a tocar la puerta al habitante de la casa alta porque nos daba miedo dormir donde habíamos alquilado, un rancho de piso de arena y arañas que sólo en el verano frente a la desesperación de los turistas se puede alquilar. Allí, un hippie color rayos de sol, que vendía prendas de la India en la playa y que había vivido mucho tiempo en Italia. Recuerdo su piel, flácida y flexible, porque no comía carne, solo fideos con zanahoria rallada y ajo. Tenía olor a todo eso, no desagradable sino extraño. También se paraba en el inodoro para hacer sus necesidades. Yo tenía menos de 25 años, pero no me acuerdo cuantos. Nos gustamos.
Una noche fumamos marihuana en el balcón de la cabaña. Yo veía las estrellas como sincronizadas en brillos, con musicalidad propia. Hermoso. Nos quedamos nosotros dos, sacamos un colchón y nos acostamos ahí afuera. El me besaba. Para mí era un artefacto más en todo ese escenario que me invadía, para completarme, y borrar los límites de mi cuerpo en un todo espacial. Energía en estado puro que fluye. Se enreda con su lengua entre mis cabellos ensortijados. Me dice de entrar a dormir. Yo no quiero. Quiero todo eso que está ahí afuera, una sábana liviana y eterna que me envuelve, un inflable en el que te hundís sin dolor, mientras el cielo repiquetea luces. Cansado de mi autocompletitud, se va. Yo me quedo hasta el amanecer, siendo todo eso. En el infinito y la totalidad y la nada.
Muchos años después, en un viaje que hice por ganar una beca para hacer una escuela de verano, me encontré durmiendo en una hamaca paraguaya de un lugar muy turístico de Colombia. En la época en la que fui, éramos muy pocos visitantes en el parque, así que pude dormir en el lugar privilegiado. Para llegar hasta allí, había que atravesar un brazo de agua, mezcla de mar y río que crecía incomprensiblemente de noche y te obligaba a ir a dormir a más tardar a las 8, o a quedarte en tierra a esperar que baje la marea. El lugar privilegiado era una choza construida en esa isla, donde las hamacas, en forma circular, daban al mar. Cruzo el agua con miedo y con un argentino cheto de capital, que extrañamente estaba haciendo ese viaje solo, y un chileno que me había hecho amiga. No se ve nada. Alumbran con un celular. Siento el agua en los pies. Un paso más, las rodillas. Y uno más, a la cadera. Me da frío. Me cuesta avanzar porque la corriente es fuerte. El agua a la cintura. Nos da una chispa de nerviosismo. Tocamos el otro lado. Escalamos en cuatro patas por la piedra y el barro y llegamos a la tarima de madera, llegamos al cielo. Como un volcán de chocolate cuando metes la cuchara para que muestre su interior mimoso. El mar se escucha y se ve por momentos de plata y verde fluorescente. Y el cielo, nos coloca en todo eso por lo que se inventaron las religiones.
Con respeto nos fuimos a dormir. Me acuesto en la hamaca y tardo unos segundos en recordar cómo me había acomodado el día anterior para no terminar asfixiada en un capullo marítimo. En diagonal duermen los marineros. La hamaca me contiene, como una bañera, un pulóver tejido, o en una canción de Vox Dei. Sostiene mi cuerpo y lo mueve en sintonía con el mar. Y veo mar y estrellas. El aire me lame la cara como un perrito o la baba de mis sobrinos. Y soy, y estoy. Y estoy caminando el camino de agapantos violetas que abren en diciembre.
Nací en una casa linda, con entrada linda, con un camino de agapantos que se ponen violetas en diciembre.
Nací en una casa linda, con una entrada linda, con un camino.
Nací en una casa linda, con una entrada linda.
Nací en una casa linda.
Nací en una casa.
Nací.

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