Yo aborto, tú abortas, todas abortamos.

 

Porque madres, amigas, compañeras, tías lejanas, tías cercanas, católicas, apostólicas, romanas, indias, argentinas, mejores amigas luego devenidas madres, vecinas, ciudadanas pobres, ricas y clase media, han abortado y seguirán abortando. Porque para ninguna es un recorrido fácil aunque el billete allane algunos caminos, porque siempre la clandestinidad duele, porque la soledad mata, porque la moral pesa, los estereotipos aprisionan, y la hipocresía es la que mira a los ojos.

Rita tenía 18 años cuando se enteró que estaba embarazada, no se cuidó, y no porque no conociera los métodos anticonceptivos, sino porque las relaciones sexuales hoy en día requieren de educación en muchos aspectos. Pero, principalmente, la que enseñe a cuidarse y cuidar al/a la otro de todo riesgo. Quizá también la que enseñe que no siempre tenemos el control absoluto en nuestros actos, pero que en esto podemos y debemos intentarlo. Enseñar a que el preservativo sea “sexy”, la pastilla preocupación de los dos, el diafragma algo más sencillo, etc..Rita no habló con madres, no habló con amigas, no habló, enmudeció tanto que aún hoy le cuesta hablar. Se contactó con una enfermera que le dio escasa información sobre como tomar el misoprostol (que dicho sea de paso hay información pero poca y no necesariamente efectiva). Uno por boca y uno por vagina. O algo así porque la memoria… El novio estaba de acuerdo, pero cobardemente no acompañó la situación. Ella se fue a dormir, con un miedo casi tan pesado que todavía lo siente, aun cuando ya tiene un hijo, y muchas otras experiencias dolorosas. Se despertó en el medio de la noche sangrando, retorcijones, dolor. Desconocimiento total y absoluto. Se fue al baño, no sabía qué hacer. Desesperación, llanto, miedo, soledad de la plena soledad. Soledad de afectos, soledad de leyes, soledad de clandestinidad, soledad de dolor, soledad de que es su cuerpo el que sufre, soledad de la culpa cristiana. Los padres duermen y ella aborta. Dos semanas después toma coraje, debe realizarse una ecografía para saber si corría riesgos de infección. La atiende un médico hegemónico que reproduce la misma condena que ella misma había sentido por su cuenta, pero con el peso de años de dominación encarnados en ese macho alfa, el peso del saber: yo no te atiendo, te derivo.

Elena tiene 24 años no le venía, no entendía por qué porque no recordaba haber pasado por una situación de riesgo, y conocía bien los métodos anticonceptivos. Tranquila se hizo un test que le dio positivo y entro en la turbina de un avión. Desconocimiento total sobre cómo se puede abortar. Lee guía sobre como abortar, el misoprostol tiene grandes riesgos de hemorragia, y en ese caso ¿a quién se iba a recurrir?. Ella informa a la familia, amigas y el compañero sexual. Todos más o menos de acuerdo, con caras más o menos amigables. Consulta una ginecóloga que no le da respuestas. Es asistida por una especialista en la colocación del misoprostol, que va a su casa y le coloca por vagina una dosis que luego ella tiene que repetir. No sabe si va a morir desangrada o no va a pasar nada. Tensión. Una semana y media después de reiterados intentos no hay signos de respuesta. Cada vez que mete su mano en su vagina hasta el fondo para colocar la pastilla, siente que se está haciendo daño, violando a sí misma. Cuerpo invadido, autoviolentado, violentado por toda la sociedad.

Recurre a una médica que clandestinamente realiza abortos, que no puede pensar como usurera, porque sabe que ella también está en el marco de la clandestinidad arriesgando su título. Lo último que recuerda es el anestesista que no le encuentra le vena para colocar el suero y luego la anestesia. Sangra el brazo. Sangra el corazón. Sangra la vagina. Despierta llorando. El padre la ataja y la madre se la lleva.

Patricia tuvo su primer hijo, y por desconocimiento –pensó que durante el amamantamiento no era fértil- quedó nuevamente embarazada. No iba a resistir su cuerpo, ni podía y quería hacerse cargo de otro niño tan seguido. Su marido está más que de acuerdo con la situación. Le pidió a su ginecólogo que por favor le realizara él la intervención. El médico accedió porque “la conocía desde siempre”. Cambiaron unos estudios y pudo realizarse el aborto en el consultorio que visitaba cotidianamente para hacerse los controles prenatales. Luego tuvo un hijo más.

Marina tuvo tres abortos, hace mucho tiempo, uno se lo realizó de parada una enfermera de barrio, “tranquila tranquila” le dijo. Sin anestesia. Y no porque no tuviera los recursos económicos, sino porque no tenía los recursos del saber, es decir contactos que pudieran darle a conocer otros lugares donde se pudiera abortar. O porque también no le parecía tan grave, ni tan aspaventoso frente a lo que podía ser la condena social. “No duele”. Se enteraron las amigas, y su pareja. Esto no puso en duda su deseo de maternar, sólo lo postergó unos años. Tuvo tres hijos.

Casos de hoy, de ayer y de mañana, que nos dejan a todas expuestas a la más absoluta clandestinidad, injusticia, soledad y desamparo. Porque somos pecadoras por decidir sobre nuestros cuerpos, porque somos pecadoras por pensarnos en un proyecto de vida donde la maternidad no es obligatoria sino un deseo, porque hay hombres que tampoco supieron cuidarse pero que no tienen consecuencias físicas sobre sus cuerpos, porque hay casi la mitad de abortos que de nacimientos, porque hay mujeres que mueren en casos más excluidos, y porque hay mujeres que permanecen vivas pero estigmatizadas.

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